Alfons Roig y María Zambrano
Roma 1955
Ro
RR
Roma


Epistolario Roig- Zambrano
Institut Alfons el Magnànim,
Col. Debats. València, 2017

ISBN-10: 8478227288
ISBN-13: 978-8478227280


Introducción al Epistolario:


ALFONS ROIG - MARIA ZAMBRANO

EPISTOLARIO (1955 – 1985)


Desde la Isla de los Bienaventurados



...y le seguí hablando de ti, de lo que has hecho a lo largo de los años más tenebrosos para dar a conocer los rasgos verídicos de la España sepultada y calumniada...”
(María Zambrano a Alfons Roig en este epistolario)



Leer cartas ajenas implica traspasar el dintel de la intimidad y entrar en un lugar secreto que solo quienes mantuvieron esa correspondencia pueden entender en todos sus silencios. Pero hay epistolarios que son testimonio de un momento histórico y, aún ricos en detalles cotidianos, van más allá de la esfera privada, llegando a convertirse en documentos a través de los cuales podemos seguir el hilo de la Historia.

La historia que se lee a continuación en forma de epistolario, es la historia de náufragos que encuentran su isla. No una isla desde la que desentenderse del mundo, mas bien todo lo contrario, un lugar donde desde la sencillez, la soledad y el silencio poder transformar la propia experiencia en conciencia y dar la palabra. A través de las cartas entre María Zambrano y Alfons Roig descubrimos como su particular atalaya, la casa de La Pièce en Crozet (Francia) y la ermita de Llutxent en cada caso, les sirve en su madurez de lugar de contemplación, establecido sobre una vasta red de correspondencias de la diáspora del exilio de la que ambos formaban parte.

Alfons Roig (Bétera, 1903- Gandía, 1987), sacerdote, profesor y escritor, se definió a si mismo como alguien que “nunca tuvo otra pretensión que la de ser un maestro entusiasta, tolerante, que aprende de sus discípulos.” Es legendaria su defensa del arte contemporáneo y de los artistas y arquitectos comprometidos con la renovación del Arte Sacro en las difíciles décadas de la dictadura. Menos conocida es su relación con la República en el exilio, sobre todo con los intelectuales de la llamada Generación del 27. Relación que se irá desvelando a lo largo de estás páginas que reproducen la correspondencia de Alfons Roig con la filósofa María Zambrano.

María Zambrano (Vélez- Málaga, 1904- Madrid, 1991), la filósofa de la Generación del 27, tuvo una vida difícil por su compromiso con la razón y la palabra. Ella misma relata en su autobiografía Delirio y Destino (1989), sus primeros pasos en el mundo de la filosofía, los años de aprendizaje y de compromiso social hasta la tragedia de la Guerra Civil y el inicio del exilio. Éste truncó definitivamente su carrera como profesora universitaria, tras un breve intento en México, pero le dio tiempo para dedicarse a la escritura. Tras 45 años exiliada, y prácticamente desconocida en su país, volvió a Madrid en 1984. Vivió en numerosos países de América y Europa: México, Puerto Rico, Cuba, Italia, Francia, Suiza... En el año 1955, momento en el que se encuentran por primera vez Zambrano y Roig, María vive en Roma con su hermana Araceli, cuya tragedia personal (su pareja fusilada por orden de Franco y ella sometida a las torturas de la Gestapo en París) había dejado en ella una huella ya imborrable.

Tuve la inmensa suerte de conocer tanto a Alfons Roig como a María Zambrano, para la que trabajé como documentalista y secretaria durante sus últimos años en Madrid. La primera imagen que guardo de ambos es la misma: sentados y mirando hacia la luz de una ventana. Mayores, enfermos de vejez y cansancio, rodeados de gente, con la mirada perdida en otro lugar y en otro tiempo. Aunque sabían perfectamente porqué estaban donde estaban: la memoria y el reconocimiento de su lugar en el mundo lo tenían muy claro ambos.

Desde La Pièce en Francia, en el año 1977, una María Zambrano pesimista escribe en el prólogo a la nueva edición de Los intelectuales en el drama de España: “la visión de después, en la conciencia histórica tan necesaria como débil en este hoy, no da de sí para recoger el drama. Y quienes entonces desplegaron su esfuerzo para recogerlo se sienten vencidos”. Ante el peligro de que hubiese sido en vano la sangre derramada en la Guerra Civil, Zambrano no ceja en reclamar que se escuchen todas las historias. El vencedor siempre impone un relato de la batalla que ahoga la voz de los vencidos. En aquel 1977, desde Francia, María Zambrano nos advierte de que “el entonces sigue siendo todavía” porque los que vivieron aquel entonces fueron “devorados por la historia o amordazados por el sepulcral silencio de innumerables años”.

Alfons Roig rompió el silencio de esos devorados por la historia con generosidad, empeño y la libertad que le daba vestir sotana en una dictadura que se autodenominaba cruzada. A principios de la década de los años 50, Alfons Roig emprende una labor sistemática de contacto con el exilio, especialmente con los intelectuales de la llamada Generación del 27, que fue la más masacrada por nuestra historia reciente. No sabemos cuál fue el motor de esa labor. Quizá al salir en su primer viaje de estudios a Roma en 1946 vio su propio país en perspectiva. Es muy significativa la entrada en su diario del 24 de noviembre de 1946, durante el cortejo de Pio XII en el Vaticano: “hubo protestas contra los españoles por nuestros muertos”. Otra entrada significativa es la del 18 de julio de 1956, a punto de salir a visitar “la nueva parroquia de Zurich” escribe: “ Fiesta Nacional. Mejor: Duelo Nacional. Una guerra entre hermanos nunca es motivo ni de recuerdo ni de gloria.”

Gracias a su puesto de profesor en el Seminario de Montcada y en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Carlos en Valencia, mantenía contacto con los jóvenes y veía que era necesario rescatar los referentes silenciados por la censura. Esta podría ser otra razón de su contacto con el exilio: la vocación de maestro en el erial cultural en el que se había convertido el país. Su figura de maestro la conocemos por el testimonio de sus propios discípulos, con muchos de los cuales he conversado, y he descubierto con satisfacción que algunos habían sido profesores míos en la Universidad de Valencia. También es muy revelador de la dimensión de su red, el Archivo Alfons Roig, actualmente depositado en el MUVIM, principalmente la correspondencia y los diarios.

En el trabajo de recuperación activa del exilio tampoco podemos olvidar la propia personalidad de Alfons Roig y su valentía en cumplir el precepto cristiano de amor al prójimo. Él, buen lector de Antonio Machado, seguro que conocía también estas palabras: “Valiente es el que puede permitirse el lujo de la animalidad que es el amor al prójimo”. Para Roig no era un lujo, pero sí una valentía. Hay cartas en este epistolario que María Zambrano le escribe a París y le recomienda romper antes de entrar a España y él no lo hace. Seguramente para entonces María ya le había contado esta anécdota con Concha Méndez en La Habana, a las puertas de la imprenta La Verónica, fundada por Concha y Manuel Altolaguirre: “Concha: no sabes las veces que he recordado y contado algo maravilloso que me dijiste a la puerta de La Verónica; se trataba de unos refugiados más pobres que nosotros y queríamos ayudarlos en algo -¿te acuerdas que yo me puse en pie al final de una conferencia y pedí dinero para ellos?-. Pues tú me dijiste: María, tú ya sabes que yo no creo en Dios, no, yo no creo,... pero ¿cómo vamos a dejarlo solo?, tenemos que ayudarlo. Yo no creo que exista, pero hay que ayudarlo. Es lo más hermoso que he oído en mi vida. Y no lo olvidaré nunca.”

Emilio Prados, María Zambrano, José Bergamín, Baltasar Lobo, Mercedes Guillén, Ramón Gaya, Luis Fernández, Ángel Ferrant, José Herrera Petere, Vicente Aleixandre, Juan Gil-Albert, son algunas de las personas de la Generación del 27 con las que Alfons Roig entró en contacto y amistad. También buscó a artistas como Pablo Picasso, Roberta González, hija de Julio González, y ayudó a la familia del malogrado Miguel Hernández. A Rosa Chacel puede que le escribiera a Brasil, por lo que se desprende de la correspondencia de Roig con José Luis Cano, verdadero artífice de la red de contactos, pero no tenemos constancia. De algunas de estas relaciones se guarda la correspondencia, de otras tenemos las entradas en los diarios de Roig o menciones en otras cartas.

Capitulo especial merecería la figura de José Luis Cano, amigo de Emilio Prados y fundador de la revista Ínsula, otra isla de los bienaventurados, en la que da voz al exilio contra los embates de la censura franquista. En las páginas que siguen transcribimos las cartas entre María Zambrano y Alfons Roig, ordenadas cronológicamente y numeradas, y al final algunas cartas de otras amigas y amigos que tienen relación directa con esta relación epistolar. También hay algunas de Cano que, muy educadamente, se retiraba siempre a un segundo plano, consciente de que su misión era la de establecer los vínculos.

Como ya hemos apuntado, María y Alfonso se conocieron en Roma, en Piazza del Popolo 3, el día 2 de agosto de 1955. Se deduce que se encontraron ambos a solas, no hay constancia de ningún testigo presencial, pues en una carta posterior Araceli Zambrano envía saludos a Alfons Roig, al que todavía no conoce. La emoción de ese encuentro se siente claramente al leer la carta de Zambrano a José Luis Cano (reproducida en este epistolario), y puedo atestiguar que lo recordaba todavía 35 años después. Esa visita le hace pensar a María que las cosas están cambiando respecto a la percepción de su obra, ¿sobrevaloró la posición y relevancia de Alfons Roig?, no creo. Aunque discreto, Alfons Roig mantenía una red de conexiones dentro y fuera del país con los intelectuales progresistas, como Aranguren por ejemplo, gran defensor del pensamiento de Zambrano. María confía en la buena estrella de esa visita, de hecho escribe poco tiempo después en su diario: “Creo que me están ajustando las cuentas y que se me hará justicia, para que prosiga. Comienza, pues, una nueva época para mí, que será la definitiva, en la cual arriesgaré la razón si me equivoco, o no ando alerta. O si me envanezco. ¡Cuidado con la vanidad! Hay que guardar silencio y aguardar -así como antes era esperar- y trabajar en silencio. Y sufrir lo que sea necesario.” (24 de septiembre, 1955. Subrayado en el texto original. OC, IV, pág. 388).

Ese sentimiento de que se inicia una nueva época coincide, unos pocos días después, con el fallecimiento del maestro José Ortega y Gasset, que había sido profesor de Zambrano en la Universidad Central de Madrid a mediados de los años 20. El epistolario conservado entre Roig y Zambrano, se inicia precisamente hablando de la muerte de José Ortega y Gasset. Antes de contestar a la carta de Roig del 13 de noviembre, Zambrano escribe la semblanza de Ortega para que José Luis Cano la publique en la revista Ínsula, con el título “Don José”. Significativamente el artículo comienza así: “La muerte crea un horizonte y una claridad única” (OC, IV, pag. 388).

Tanto Roig como Zambrano nombran en estas cartas a sus respectivos maestros, Eugeni d'Ors y José Ortega y Gasset, siempre desde el respeto, pero también desde la distancia. En la carta 29 de este mismo epistolario le dice a Roig sobre Ortega: “hice todo lo posible, como lo haré siempre para salvarle en todo. Y ello no me lleva a la falacia ni a esconder mis críticas ni mis disensiones”.

En el verano de 1955 María Zambrano ya ha acabado de escribir una de sus obras fundamentales, El hombre y lo divino, que se publica ese mismo año en FCE, México, y está ya trabajando en Persona y Democracia, que en 1956 envía a la editorial pero que hasta 1958 no publica el Departamento de Instrucción Pública de San Juan de Puerto Rico.

De todos modos, la obra que ocupa más intensamente a Zambrano durante todos los años de Roma es Los sueños y el tiempo. En esos años publica “esquemas” de esa obra en varios medios y el capítulo El sueño creador, a partir de 1965, que se irá reeditando y ampliando en forma de libro independiente en sucesivas ediciones. Es la obra que ella consideraba más original y que desgraciadamente no llegó a acabar, murió el 6 febrero de 1991 cuando estábamos preparando la edición para Siruela. Se publicó incompleta de forma póstuma en 1992.

Por su parte Alfons Roig, en ese verano de 1955, era profesor de Arqueología cristiana y de Cultura cristiana y liturgia en Montcada y Valencia, como ya hemos mencionado. Había estudiado en Roma, conocía también París y ya había empezado a publicar algunos artículos sobre el arte contemporáneo y la iglesia, en la revista Arbor, y también había publicado en Ínsula en 1954, precisamente sobre su maestro Eugeni d'Ors . La aceptación del arte contemporáneo y la renovación del arte sacro, sobre todo en la arquitectura, fueron dos de los temas fundamentales de su docencia y que en ese año ya estaban bien asentados. En ese momento todavía no conoce a uno de sus artistas predilectos, Picasso, al que conocerá gracias a María. Lo defenderá posteriormente en unas famosas conferencias en el Liceo Francés de Valencia, que le merecieron recibir la condecoración Chevalier dans l'Ordre des Palmes Académiques del gobierno francés en 1958.

En agosto de 1955, Alfons y María tienen 53 y 52 años respectivamente y una trayectoria intelectual ya definida, pero no es el interés intelectual lo que provoca este encuentro, si no un hecho de justicia: pedir perdón por el abandono de la Iglesia española a los católicos republicanos. Así me lo narró María Zambrano personalmente y así consta en la correspondencia que ahora se publica. Tras ese gesto de humillación, Alfons Roig se arrodilló para pedir perdón, nació una amistad sincera que duró siempre y una admiración que fue mutua.

Desde 1957 a 1968 hay un vacío de casi once años. En el año 1964 María se había mudado del corazón de Roma a los montes del Jura, que describe así José Miguel Ullán: “una casa de campo bautizada La Pièce. Otra estación del exilio para las dos hermanas en abril nacidas; probablemente la de mayor misterio. Y aquí digo que era una casa porque, en efecto, casa era, pero por lo común digo que ermita.” (Esencia y Hermosura, pag 12). Alfons Roig sigue en Valencia de profesor, continua con sus viajes de estudios por Europa, y la ermita Llutxent es cada vez más importante para él, para sus proyectos de establecer un lugar abierto para el pensamiento, la creación, y el ecumenismo. Pero a pesar de los años sin contacto epistolar, su amistad se retoma como si no hubiera habido interrupción y cambio de escenario, aunque sí se transmite en las palabras de ambos la añoranza por Roma y el recuerdo de algunos buenos encuentros, con paella de por medio, esta vez ya en compañía de Araceli y otros amigos comunes.

Ya no dejan de escribirse desde 1968 hasta 1985, Alfons Roig fallece en mayo 1987. En la correspondencia de este periodo hay un constante ir venir desde el pesar por la situación política a la esperanza por una solución pacífica. El regreso de María Zambrano a España se pospone una y otra vez. Alfons Roig le ofrece repetidas veces la ermita de Llutxent para vivir allí, primero a las dos hermanas, a partir de 1972 en que fallece Araceli, ya solo a María. Incluso ingenia un congreso ficticio en 1974 para poder traerla junto a Jose Ángel Valente. Al final María vuelve a Madrid el 20 de noviembre de 1984 y allí es donde yo la conocí.

A Alfons Roig lo visité en su ermita a principios de los años 80. Lo recuerdo sentado en la cocina de la planta baja, rodeado de gente que iba y venía pues estaban preparando una pequeña fiesta para amigos a la que nos invitó. Fue una noche inolvidable: la música de Llorens Barber sonando en la capilla y después una cena fría en el patio bajo la luna y las estrellas en una noche de verano. Entonces yo no había conocido todavía a María Zambrano, ni sabía nada de la amistad entre ellos. Volví a la ermita cuando María Zambrano me lo pidió algunos años después, en 1989, cuando Alfons Roig desgraciadamente había ya fallecido.

A raíz de la preparación de su libro Los bienaventurados para la edición en Siruela, María averiguó que yo había conocido a Alfons Roig, el sacerdote valenciano bienaventurado como pocos que le ofreció su casa, el pan y la sal. Tuve que volver a la ermita para poner dos velas: una por Alfons, la otra por Araceli Zambrano. Cuando subí de nuevo al Mont Sant de Llutxent lo vi con otros ojos, respiré su aire, me quedé con su luz, tenía que narrarlo después a María y sabía que me iba a hacer preguntas relacionadas con los sentidos, con mis impresiones. Quien sube al Mont Sant, lo primero que siente es la paz, el sonido del aire entre los pinos, las cigarras si es verano y el aroma a monte mediterráneo. Es una verdadera Isla de los Bienaventurados, como la bautizó Gil-Albert.

Tras la narración de la visita, María retornó con renovada energía a los esquemas del libro. Poco a poco lo fuimos reconstruyendo revisando en su archivo, balsa de salvamento de innumerables fragmentos. Verdaderamente son restos de un naufragio los documentos de su archivo, actualmente en la sede de la Fundación María Zambrano en Vélez-Málaga. Descuidada para otras cosas, María se desvivía por sus libros y sus escritos, eran su testimonio, el testigo que nos ofrecía a los que no tuvimos que pasar por lo que ella pasó, lo que pasaron. Siempre lo decía en plural: “nunca sabrás lo que hemos pasado, siempre bordeando infiernos”. Y así, milagrosamente tras bordear tanto infierno, llegaron salvos a Madrid tras cuarenta y cinco años viajando entre América y Europa.

Así describía María su obra a Emilio Prados en una carta en 1958: “todo se me aparece como en aquellas planas que de niños hacíamos en la Escuela. Sólo que no hay maestro que la corrija. Todo borrador, “ensayo”, y en el mejor de los casos, fragmento. (…) a uno le pasa eso a causa de hacer las cosas por amor y en el amor. Pues siempre que se ama, se siente que no se logra ni expresarlo ni realizarlo.”

Eso es lo que pasó con el capitulo ausente de Los bienaventurados dedicado a Alfons Roig. Tenía que ser un capítulo nuevo que el amor impidió expresar. En el libro de Zambrano Los bienaventurados, tal como se publicó en 1990, no hay ninguna referencia a Alfons Roig, María hubiera querido incluirlo como uno de los bienaventurados junto al poeta y el exiliado, pero no surgía la palabra justa y hermosa para hablar de él. Entre tanto se iban rescatando los fragmentos del libro, yo leía y María corregía. María me hizo comprar los catecismos de Astete y Ripalda, buscar referencias sobre la isla de los bienaventurados y leérselas. Por ejemplo este poema de Pindaro que ahora, en perspectiva, lo siento ligado a la ermita de Llutxent y a Alfons Roig:


Pero cuantos tuvieron el valor

tres veces habitando en cada orilla

de mantener su alma

apartada del todo de injusticias

concluyen al fin la senda de Zeus

hasta alcanzar el baluarte de Crono.

Allí las brisas hijas del Océano

envuelven con sus soplos

la Isla de los Bienaventurados

y flores de oro brillan:

de la tierra unas brotan, de magníficos árboles;

a otras las nutre el agua.

Con guirnaldas sus brazos entrelazan

y se trenzan coronas...


No fui capaz de establecer en aquel momento la relación entre la Isla de los Bienaventurados y Alfons Roig, hasta que encontré recientemente en el Archivo de Alfons Roig en el MUVIM la carta de Juan Gil-Albert a Roig encabezando el poema referido a la ermita de Llutxent como “Beatus Ille”, bienaventurado aquel... Entonces me di cuenta de mi falta de visión en el año 89 y de cómo las cosas piden su tiempo, tal como me decía tantas veces María. Tenía que enfrentarme a este reto de publicar a María. Fue su petición, al no poder ella escribir entonces ese capitulo dedicado al amigo, que yo hablara algún día de ellos. Qué mejor que facilitar la propia voz de ambos y recoger ese suspiro: “El suspiro sigue, seguirá, más ¿quien lo recoge?, ¿quien lo sabe?, ¿quién lo espera? En el secreto del ser sí, el suspiro último en el que se exhalan alma, espíritu y vida física sigue, seguirá” (Los bienaventurados, Introducción, 1990).

Rosa Mascarell Dauder

Gandía, marzo 2017